lunes, 1 de julio de 2013

Recuerdo de Pompeya

Pompeya fue una ciudad de prostíbulos.
En sus paredes quedaron escritos
miles de nombres de mujeres, garabateados
como grafitis obscenos y rebeldes.
Allí, Catulo dijo:
Lesbia, fiera de las praderas de Campania,
¿acaso fuiste tú la leona
que rugió tan fuerte debajo de mi cintura?
Allí, Marcial escribió:
No hay para ti momento alguno, Filis,
en que favorecida por mi excitación
no me robes con habilidad de rapiña.

Y la poesía se derramaba como sudor
sobre los vientres de roca.

También siguen allí las inscripciones
en la casa de Sírico:
Salve, lucrum. Salve, mulier
(entre los escombros de esta casa de citas
todavía se escuchan los gritos de la muerte).
Y en las columnas del templo de Júpiter
manos escépticas esculpieron su odio a la vida:
Orgia mortis. Divina pluvia
(y esos gritos fueron de placer ante lo inevitable).

Nada de lo vivido en Pompeya
quedó registrado en los anales de Plinio, el viejo,
quien murió sepultado como el impertinente que era.
Para eso solo están las cenizas volcánicas:
la violencia seminal del Vesubio
que castigó a esta ciudad hasta convertirla
en un recuerdo de piedra.

Pompeya es una ciudad de estatuas,
ya se ha dicho:
los hombres que se cocinaron dentro
serán para siempre mudos ornamentos del exceso.
Y para esto, no hay voluptuosidad,

no hay escritura que le guarde en la memoria.


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